Academicus iuvenibus

Por Enrique Sotomayor

Un profesional joven, proveniente de una universidad de élite, puede facturar cantidades ridículas de dinero por hora de trabajo. Si el cobro por horas le ruboriza, opta por cobrar por informe realizado, en cuyo caso, al costo de su trabajo por hora le suma el precio del membrete de su empresa o estudio, un fólder vistoso y las que tal vez sean las hojas de papel bond más caras del país. En paralelo, un docente universitario –más aún si es de una universidad nacional y no forma parte de la planta de profesores a tiempo completo– pasa sus días buscando un lugar donde leer o escribir. Casi siempre recae en una biblioteca ridículamente sobrepoblada, al costado de un púber que emplea la red wifi –por demás, bastante saturada– en ver memes de gatos bebé o la compilación con las mejores rabonas de Cristiano Ronaldo (¡ni siquiera las de Ronaldinho!).

Si aún no ha llegado a gozar de ese extraño privilegio de la docencia, el académico se desempeñará en la limítrofe posición de asistente o adjunto de docencia, o cuando se pueda, como jefe de práctica. Las diferencias entre las tres figuras, desde el punto de vista material, son mínimas. Digamos que, a diferencia de los asistentes y adjuntos, el jefe de práctica puede comprar una botella de agua, pagar los pasajes y comer un sándwich de cartón, que pretende pasar por pollo, con su sueldo. En algunas universidades le regalarán plumones y alguna vez una cartuchera, pero ese raro privilegio es más bien propio de los recintos de élite. En los demás, el docente joven deberá ver tutoriales en Youtube sobre cómo recargar la tinta de plumones desgastados.

profe joven

Créditos de la imagen: Tania Herrera

En la docencia, el joven aprendiz no goza de beneficios. La jerarquía es parecida a la de los restaurantes de cuatro o cinco tenedores, o a la de una escuela militar: profesores y jefes de departamento ven indignados al revoltoso, pues no comprenden cómo un joven imberbe puede reclamar derechos cuando la universidad le otorga el privilegio de enseñar bajo su égida. “Es un honor enseñar aquí”, sostiene el orgulloso profesor consagrado, mientras enrojece encolerizado por la afrenta del faltoso bisoño.

En sus tiempos libres, aquellos residuales a las decenas de cachuelos que el docente joven debe realizar para pagar las cuentas del mes, se espera que el aprendiz realice investigación de alto nivel. Para ello, debe memorizar cientos de órdenes distintos del año de publicación de un libro, porque APA, MLA, Harvard y Chicago los colocan en posiciones variadas. Los más tecnológicos descargan una aplicación que hace todo el trabajo por ellos, pero hay quienes prefieren el control compulsivo de cada cita realizada a conciencia. Fuera de ello, el docente joven ha ingresado al brumoso mundo de las páginas de PDF libres en las que encuentra artículos, libros, panfletos y hasta fotos de cachorros. Frente a la imposibilidad de pagar 35 dólares por descargar el artículo que un profesor sueco escribió en dos días luego de sus últimas vacaciones en Tailandia, y frente a la negativa de su universidad para pagar por el acceso a buenas bases de datos para sus docentes; el docente joven se ha convertido en un experto de la piratería académica. Para mitigar la sensación de culpa por la informalidad de sus actos, el docente joven adopta el discurso de la libertad en la web: lo que él hace –sostiene– es democratizar el conocimiento y derribar las barreras que separan a ricos y pobres.

El docente joven se reúne con sus amigos no académicos los fines de semana. Años de adiestramiento en el mundo de las ideas le premunen de juntarse con ese extraño espécimen coetáneo al Neanderthal llamado “amigos del colegio”, y prefiere juntarse con los más educados colegas de la universidad. La mayoría de ellos llegan en autos y algunos de ellos se han casado o se casarán pronto. Sus fotos en las redes sociales atestiguan viajes de placer por los confines de la enorme américa: su mundo acaba donde terminan las promociones de LATAM. Así, mientras el académico joven sueña con viajar al Tíbet para emprender un viaje de descubrimiento espiritual, sus amigos se conforman con la barra libre de un resort en Cancún, mientras el académico joven escuda su pobreza con un discurso sobre la sostenibilidad medioambiental que le obliga a usar bicicleta para ir al trabajo, sus amigos llegan en autos comprados con préstamos a plazo. El académico joven es visto por sus colegas como una suerte de asceta: un espécimen que ha cedido su vida a la contemplación pausada del mundo, y que para ello ha renunciado a los placeres de un velocímetro sin límites, una cuenta bancaria abultada y muchos kilómetros de viajero.

El docente joven traza horarios imposibles para leer y escribir. Durante el día está ocupado corrigiendo los trabajos de pequeños duendes que aún no saben la diferencia entre “ahí” “hay” y “ay”, haciendo informes para profesores veteranos que lo subcontratan como mente de obra barata y hasta vistiéndose como la mascota oficial de la pollería de su barrio. Las noches y madrugadas son el momento estelar del pensamiento: “soy un ser nocturno”, se autoengaña el docente joven, antes de caer rendido frente al último capítulo de su serie preferida. Cuando despierta cae en la cuenta de que ha perdido una noche más, que ha ensuciado una de sus tres camisas con saliva mientras dormía y que los plazos de cierre de la revista en la que quiere publicar siguen ahí, cada vez más dolorosos y cercanos. Por hoy el docente joven retoma la resolución y se trata de convencer a sí mismo de que terminará el artículo en la parrillada familiar del domingo. Eventualmente abandonará el proyecto pero se consolará viendo que un congreso ha extendido su plazo de presentación de sumillas.

El académico joven ha optado por no hablar con sus padres y familia sobre los extraños proyectos que lo tienen en vela durante tantos días y noches. “Hijito, si yo te doy para los pasajes de bus, no entiendo por qué estás tan ocupado siempre” le dice su madre, con una mezcla de resignación, preocupación y sincera cólera. Cuando los padres conversaron sobre mandar  a la universidad a su hijo, lo hicieron con la esperanza ciega de quien juega la lotería: tal vez, y sólo tal vez, esta inversión sea una mina de oro. Antes de responder “Analizo las bases fenomenológicas de la experiencia de comer pan con pollo”, el académico joven prefiere guardar silencio o mentir a sus padres diciendo que prepara un informe que le han pedido en la universidad. Eventualmente alguien en su familia descubrirá el primer borrador de un artículo titulado “Perspectivas hermenéuticas sobre las percepciones urbanas presentes en las pinturas de tres niños del jardín 28 de julio” y se preguntarán por la extraña religión a la que ahora parece pertenecer el docente joven.

Con el tiempo, el docente joven dedicará menos tiempo a corregir las agresiones lingüísticas de los alumnos a su cargo, y preferirá pasar sus días y semanas llenando los formularios infinitos de cada convocatoria a becas que exista en el país, en el continente y el mundo. Cuando se presente a la convocatoria de fondos “Mao Tse-Tung” del gobierno chino, copiará y pegará cada frase de las bases en el traductor de google y con ello sus esperanzas se verán renovadas. El sueño es encontrar la beca soñada que le pague un doctorado de cinco años, e incluya el alquiler de un departamento, un auto y gastos de viaje incluidos. Eventualmente, más por insistencia, tenacidad y su pasaporte perteneciente a un exótico país sudamericano, que por merecimiento, el académico joven emigrará y entonces todo el proceso hasta aquí descrito se repetirá, pero en un nuevo destino.

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