Crónicas LASIANAS

Por Carlos León Moya

28 de abril

Querido diario,

Vengo de un intenso día de networking en el LASA. Saludé a todos los profesores que pude, especialmente a aquellos con tenure. En mi mejor inglés with jokes included los invité a comer el mejor arroz con pato de esta gris ciudad y los invité también a mi segundo panel, a pesar de que nadie irá porque es el sábado a las 10 de la noche en Estudios Generales Ciencias.

Anyway, it’s fun. Todos asumimos felices nuestra completa irrelevancia. Como mi mejor amigo, alias el Perro, que estudia desde hace años el Siglo de Oro español y cada que viene a Perú a contar su objeto de estudio la gente le dice que esa mantequilla era muy rica. Pobre. Pero también están las vedettes académicas que se pasean café en mano por todos los edificios, saludando al mundo entero y con su credencial colgado en la frente. Esos son los que se creen relevantes e indispensables para la política del país porque tienen una columna que es religiosamente rebotada por sus nuevos amigos fascistas, aunque en el fondo solo desean que les hagan caso las chicas caviares que siempre los miraron con desdén.

De todos modos hice mi networking y, aunque comenté aquí que me fue súper bien, en realidad me fue hasta las huevas. A mi ponencia vinieron 30 personas, salón completamente lleno, pero la verdad es que se sentaron allí porque eran amigos míos o porque ya no había espacio en la mesa “La influencia del Barroco y el Neobarroco en el sistema de partidos de Bolivia 1952-1971”, que era a la que realmente querían ir. Entonces, ni modo, en la de León seguro que hay espacio, total, nadie irá, si su tema es “¿Para qué pagarme la terapia si puedo hacer una novela? Una mirada psicológica a la narrativa peruana actual”.

Cuando terminé mi ponencia y me prestaba a sacar mis tarjetas con mi correo y mi Instagram, bum, ya no había nadie, se habían ido todos. Qué mierda pasa, me dije, para esto pagué mis dólares, para que todos me dejen acá solo y con las tarjetas en la mano. Tengo 31 años y a esta edad ya nada me consuela, ni siquiera cuando vi que el profesor de Princeton que reemplazará a Piglia se sentó a mirar mis cuadros de doble entrada, porque en realidad sé que se confundió de salón y porque a él también le prometí un arroz con pato.

En fin, intenso networking. Ahora toca la hora de la verdad: la cena. Ya reservé una mesa enorme en el restaurante ese cuya dueña es una antropóloga (parte del encanto) y allí me haré el gran gastrónomo con calle para al final buscar lo mismo que todos: espacio. Este año postulo a, estaba pensando en el programa de, no sabes los buenos profesores que hay en, te conté que estaba estudiando la relación entre. Sé que al final me irá hasta las huevas y que nadie me llevará a ninguna parte, pero necesito la foto conjunta para subirla a mi Facebook y pretender ante mis contactos que soy una persona importante y bien conectada, aunque en realidad soy solo un gordo embaucador que desde la mañana no puede dejar de pensar en el arroz con pato que está a punto de empujarse.

Hasta mañana.

29 de abril

Querido diario,

Soñé que había vuelto a 1989. Mi mamá me despertó amorosamente con el San Martín y me mandó a comprar kerosene para el almuerzo. Pero mamá, le dije, son las 7 de la mañana. ¿Y cuántas horas crees que te vas a demorar en la cola?, me contestó. Luego me acompañó hasta la puerta y me dio un beso y un rin: si te pierdes o explota un coche bomba, me llamas.

Llegué a la cola con mis mejores silbidos de Soda Stereo, y era inmensa inmensa inmensa la mierda esa. Empezaba en el Mercado del Callao y terminaba en la Feria del Hogar: gracias, Alan. Pasé horas silbando todas las canciones del Show de July, anochecía y yo seguía sin poder comprar el kerosene para el almuerzo, encima hubo apagón y me imaginé a mi pobre madre sin poder usar su lámpara maravillosa. Cuando ya no podía con mi cuerpo llegó por fin mi turno: señor, me llena esta galonera por favor. El hombre me miró riendo y me dijo lo siento, niño, me quedé sin sistema.

Desperté. 6:50 am.

Me alisté para el LASA de hoy. Me puse mi mejor camisa y caminé hacia la PUCP silbando todas las canciones de Susana Baca. 7 am: al que madruga Dios le ayuda.

Como a la altura de Colonial empecé a ver una cola. Miré las caras de la gente y sus aires de intelectual sin rumbo; miré sus vestimentas: todos son sacos o sastres, los treintones con camisas a cuadros, los más jóvenes con mochilas de colores. Mierda, me dije, es la cola del LASA.

-Amigo, ¿cola pa’ qué es? -le pregunté a alguien.

-Para el LASA, chamo.

-Oiga, pero está inmensa, ¿no?

-Yo soy de Venezuela, chamo. Esto para mí es como ir a un Bicentenario a comprar papel.

Hice la cola detrás del venezolano, 7:50 am. Desde entonces he visto el mundo pasar, la luna, el sol, las estrellas, la cola avanzaba nada, desayuné parado, el venezolano empezó a quejarse: eso era mucho incluso para sus estándares, 9:50 am. Recordé que había soñado con la cola del kerosene, una premonición. Miré los paneles que me estaba perdiendo: “Música y Revolución en la Antártida chilena, ¿qué Quilapayún escuchan los pingüinos? 1958-1973”, “Memoria Memoria y más Memoria, ¿de qué Memoria hablamos cuando hablamos de Memoria?”, “Tropicalia y Dictadura, ¿por qué Brasil tuvo a Os Mutantes y nosotros nos quedamos en Los Doltons?”. Pero me interrumpieron. Un mensaje de Whatsapp.

“Compa, cómo le va. Somos los organizadores del evento académico ‘Saberes y sentires de la resistencia. Conversaciones rebeldes y horizontales desde el sur en búsqueda del poder popular para quienes no sabemos inglés’, también conocido como el ‘anti-LASA’. Como usted sabe, somos las mismas personas de siempre y vamos a conversar entre nosotros los mismos temas de siempre. Yo sé que además militamos juntos en los mismos espacios de siempre, pero ahora queríamos invitarlo a este evento”.

Mierda, lo que me faltaba: los camaradas. Camarada que no se automargina no es un camarada, ¿por qué serán así? Los ignoré. Hablé con el venezolano. Era de la UCV, doctor en Sociología. Ganaba 70 dólares al mes, es la hiperinflación, vale, todo anda burda de chimbo. Eso es lo que gastan los profesores de la PUCP cuando van al Bolivariano, le dije. Casi se pone a llorar. Lo abracé. De repente, otro mensaje de Whatsapp.

“Además, compa, usted debe negarse a pagar 200 dólares para asistir a un evento imperialista como ese. Nosotros somos pobres e interseccionales, por eso hacemos nuestro propio evento en español, aunque en verdad 200 dólares es lo que nos gastamos en el Queirolo de Quilca discutiendo los mismos temas de siempre un viernes por la noche. Venga al evento, compa, colabore. Tenemos las obras completas de Gudynas y en la noche hay eventos artísticos: a las 8, trova, trova y trova en solidaridad con Venezuela, a las 9 haremos un pago a la tierra y a las 10 un homenaje al legado de Mariátegui con títeres que confeccionamos en Villa El Salvador”.

Contesté con un emoji de caquita.

La cola empezó a avanzar, 11:50 am. “Esto ya parece Caracas”, me dijo el venezolano.

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 29 de abril

Querido diario,

Acabo de despertar en las duras piedras de Cantolao. Las olas se llevaron mi credencial del LASA y mi mano huele a anticucho.

No recuerdo nada.

¿Cómo llegué hasta aquí?

29 de abril

Respira, León, calma. Lee la última entrada: el profesor venezolano, la cola del LASA. Así es, ya voy recordando.

Logré entrar al LASA como a las 2 de la tarde. Para entonces, el profesor venezolano se había vuelto mi mejor amigo y hasta nos prometimos ir al Jirón de la Unión juntos a ya saben qué. Pero primero debía almorzar: tenía tanta hambre que mi barriga sonaba a 1992.

Desastre. Habían 5 camioncitos de comida y una fila de 400 personas en cada uno. Desistí. Pensé reemplazar el almuerzo con café. Busqué café. Seguí buscando café. Me pasé la tarde entera buscando café. Confundí a Wieviorka con Óscar Ugarteche por la ausencia de café. Pasé por cinco máquinas dispensadoras de café y todas tenían un cartel que decía “Fuera mierda”.

A las 6 de la tarde, con el alma en el piso, llegué a la más triste y diáfana conclusión de todas:

ME PASÉ TODO EL DÍA DEL LASA HACIENDO COLA Y BUSCANDO CAFÉ.

Derrotado, solo me quedó hacer networking sin cafeína en mis venas. Los amigos del anti-LASA seguían escribiéndome y mandándome fotos de su conversatorio “La Revolución Rusa, 100 años de una experiencia que solo conocemos a través de libros de Editorial Progreso”. De repente, a lo lejos, vi acercarse a Jiménez, mi viejo amigo español al que no veía desde que una rata del East Village se llevó la última tapa que pudo comprar con su estipendio.

-¡Cabrón! ¡A ti te hablo, Inca con sobrepeso!

El abrazo.

-Tío, qué es esto, ustedes los sudamericanos hacen todo mal.

Le dije que no era culpa del Perú sino del LASA, o en última instancia del capitalismo.

-Venga, tío, no es para tanto. Ustedes los peruanos son expertos en no culpar a nadie. Pasado mañana dirán que todo está de puta madre. Si esto fuese Buenos Aires ya hubiesen incendiado los camioncitos de mierda esos.

-Se llaman Food trucks

-¿Food trucks, joder? ¿Le dicen Food Trucks? ¿Esto no es Lima, cabrón? ¿Para eso les enseñamos español 300 años, para que llamen Food Truck a un camión?

-Son cosas que pasan.

-No, tío, es que he visto cosas espeluznantes. Ayer vi a una tía sostener un cartel ridículo en una mesa. ¡Pero es que se creía Marina Abramovic con ese cartel, Carlos, en serio! He tenido pesadillas con esa tía. Y perdóname, pero hoy no encontré café. En verdad que a partir de ahora me voy a dedicar exclusivamente a comer cebiche, tío, que es lo mejor que tienen.

-También tenemos a Vargas Llosa.

-No, espera, ¿sabes qué más tienen?

-¿A Laura Bozzo?

-No, tío, el corazón de la vaca. Ustedes comen el corazón de la vaca.

-Anticuchos.

-Eso, tío, anticuchos. ¿Sabes dónde venden eso?

-Sí, pero antes quiero pasar por la zona de los libros para…

-No, Carlos, qué importa eso. Vamos a comer que estamos en Perú.

Carajo, una ola. El agua fría de Cantolao. Tengo que salir de, ¿cómo llegué hasta aquí? Creo que esa mancha gris encima de un cangrejo es mi credencial. Así parece. ¿Qué hora es, las 11? ¿Por qué estoy solo? ¿Dónde está Jiménez? No importa, tengo que irme. Salir de una playa de piedras cuesta el doble, se me hunde el pie mojado a cada paso, ¿habrá un Food Truck por acá a esta hora?

30 de abril

Querido diario,

He decidido olvidar lo ocurrido anoche. En verdad no lo recuerdo. Como si para llegar a mi memoria también tuviese que hacer una cola.

Desperté. Como se me hacía tarde en lugar de cepillarme los dientes comí Dento. Flúor. A las 8 de la mañana empezaría la mesa “Ser cholo en Washington Square, ¿por qué me siento en casa solamente en las taquerías?”, y debía ir para hacerle barra a mis caushas. Miré las mesas que se cruzaban: “Batucada y movilización, ¿en qué momento empobrecimos el repertorio de protesta?”, “Academia y patología, ¿cómo entender al cholo entre comillas que apapuchó durante años a los caviares y recién rajó de ellos cuando se fue para siempre del país?”, “Cabellera, etnicidad y rebelión, ¿por qué Tupac Amaru tenía rizos y bucles al final de sus cabellos si los cholos somos todos lacios?”, pero no me interesaban tanto. Fui a la que debía ir.

Llegué a las 7:55 de la mañana y no había nada, nadie, nowhere. La cola de ayer era hoy solo una mata de paja rodando por el campus, los ponentes estaban en la puerta de sus salones jalando gente como si llenasen una combi, ¿dónde estaban mis amigos? Los llamé uno por uno y obtuve la misma respuesta repetida en diferentes voces: uy no, ayer fui con un profesor caviar de Berkeley que se mudó anteayer a Ayacucho y terminamos en; puta, nolago, tuve un reencuentro con una mancha de Columbia llena de colombianos oligarcas y terminamos vomitando por; cuelga, mierda, ayer nos juntamos los peruanistas de Inglaterra y terminamos reventando cohetecillos en; no, causa, ya fue, ayer comí medio Astrid y Gastón con unos antropólogos de la India que conocí en Boston y luego me pidieron que los llevara a los slums, we want to see yourrr slumsss, you must have slumsss, y ahora estoy perdido en.

Mierda. Estaba solo.

Ni modo. Entré a mi mesa y sí, sí había gente. 5 personas que estaban sentadas desde hacía media hora.

Salí del salón y entré al del costado: lo mismo, sí había gente, 6 esta vez. Recorrí todo el pabellón y hallé el patrón: todos los salones tenían gente, entre 5 y 6 personas bien peinadas y con la libreta de apuntes lista. Qué extraño. ¿A qué se de…

Lo entendí.

Eran los sanmarquinos. Los únicos hombres que llegan temprano a las mesas del LASA del domingo.

Ay, la clase, me dije suspirando mientras me sentaba al fondo de un salón, 7:58 am. A las 7:59 escuché el sonido de una estampida. Salí a ver. Era un ejército de 200 caucásicos que se dividieron estratégicamente, entrando 5 en cada salón. Eran los académicos del norte, atentos y puntuales con sus chompas azules encima de sus camisas con cuello. Los que entraron a mi salón se sentaron, cruzaron las manos y esperaron sin chistar los 25 segundos que faltaban para las 8, buenos días, bienvenidos a la mesa Ser cholo en Washington Square.

Cuando mi causa Ramoncito contaba lo difícil que fue para él ir un día al Consulado de Perú en Nueva York y encontrarse en la puerta a su madrina Vicky vendiendo papa a la huancaína y sacando fotocopias. Cuando Ramoncito contaba también lo doblemente difícil que fue que su amiga Michelle -una African American que activaba en Black Lives Matter y que ese día lo acompañó a renovar su DNI- le dijese a gritos que debía sumar a su madrina a the struggle, you native people must fight in your country, you must confront white people with your fotocopias and your papas a la huancaina, you must create something like The Black Panthers, something like The Fighting Llamas, I’ve read The Deep Rivers and it must be the same shit nowadays. Hey, Michelle, le dijo Ramoncito, in Peru things are kind of different. Our discussion is not about race, is not indian people versus white people; in fact, we have this very acuosa thing called “cholos”. I consider myself a cholo -You are an indian, Ramoncito, interrumpió Michelle, there is no “consider” in that, I don’t “consider” myself black, motherfucker, I “am” black-, No, Michelle, it depends. I consider myself a “cholo”, but Madrina Vicky thinks she is a “mestiza”, which is the Official Historiadores-Hispanistas-de-la-Católica Way to call the “cholos” in order to patronize them.

Cuando Ramoncito contaba esa maravillosa confesión que valía los 200 dólares que pagué para el LASA, cuando estaba por hacernos llorar por su madrina Vicky y su casita en Queens, entraron al salón mis colegas de la PUCP. desordenados, sonrientes, con aliento al chilcano de anoche. Se sentaron, saludaron a todos, sacaron sus iPad y dejaron a Ramoncito continuar. Los sanmarquinos apuntaban todo en sus libretas y hacían doble subrayado a sus apuntes, uno hasta hizo un mapa conceptual. Los caucásicos solo miraban a Ramoncito llenos de culpa y seguro pensaban que debían mandar a sus hijos un semestre a Bolivia a comprender mejor este continente. Mis colegas de la PUCP, en cambio, mandaban inbox y DMs desde sus iPad donde seguro coordinaban el próximo gran bacanal con los latinoamericanistas de Austin. El único que no encajaba era un indio con turbante que estaba a mi costado –very pleased, my name is Rajendra Singh-, y que miraba a Ramoncito con una cara de “I know that feeling, bro, people still think I work in a Deli Store”.

-Todos somos cholos a nuestro modo -le dije a Rajendra.

Él me miró con curiosidad.

Are you mexican? -me contestó.

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