En defensa de la lucha de clases

Por Sebastián León

La política emancipatoria surgida en las sociedades modernas ha reivindicado históricamente valores como los de la libertad, la igualdad y la solidaridad. En las últimas décadas, este progresismo político ha sido identificado sobre todo con las luchas de movimientos y colectivos identitarios diversos, que buscarían el reconocimiento de minorías sexuales, raciales, culturales, entre otras. En nuestro país podemos pensar en el colectivo feminista Ni Una Menos, que el año pasado convocara una multitudinaria marcha en contra del maltrato físico y simbólico sufrido por las mujeres; también en los esfuerzos del Centro de Estudios y Promoción Afroperuana por concientizar sobre su identidad y organizar a jóvenes pertenecientes a dicho segmento de la población; o en la lucha de buena parte de la sociedad civil y sus representantes políticos por garantizar los derechos de los ciudadanos LGTBIQ, por mencionar solo algunos casos.

Ahora bien, antes de la caída del bloque socialista al inicio de los años 90, la lucha que ocupaba el lugar protagónico en el imaginario político progresista era la que libraba la clase trabajadora contra de la clase capitalista dominante. Sin embargo, desde esos años la categoría de “clase” habría perdido su vigencia, si no desaparecido del todo, en el activismo y la teorización sobre la lucha por la emancipación social y política al interior de las sociedades contemporáneas. La posición de los activistas, teóricos y políticos oscilaría entre un rechazo definitivo a la posibilidad de hablar de clases socioeconómicas (se sugeriría a menudo que las clases son una ficción, y que resucitar el principio de la lucha de clases sería irresponsable por incitar a la violencia y la desunión entre los miembros de una ciudadanía democrática, mientras que las identidades pueden llegar a ser reconocidas y valoradas sin apelar a un discurso eminentemente conflictivo) y la llamada “interseccionalidad”, que asumiría la noción de clase como solo una identidad particular entre otras, sin un privilegio sobre las luchas de otros movimientos sociales (asimilándola a una concepción de la sociedad como constructo puramente discursivo, en la que no habría cabida para tal cosa como una clase trabajadora en el sentido material o fáctico que le daban los teóricos marxistas y anticapitalistas). Quisiera sugerir aquí que ambas posiciones serían erradas, además de perjudiciales para la política emancipatoria en general, en tanto que difuminan la peculiaridad del status de la clase trabajadora.

marcha

Créditos de la imagen: OE, miembro del colectivo Lima Foto Libre (http://www.limafotolibre.com/oe/marchanaranja/)

Si bien en tanto seres discursivos, dueños de un lenguaje, creencias y prácticas culturales, todos cohabitamos un cierto espacio simbólico, y ciertamente podemos hallar asimetrías de poder en dicho espacio – como las que a diario perciben ciudadanas de sexo femenino, orientación sexual distinta de la heterosexual, “raza” negra, mestiza o indígena –  la estructura socioeconómica capitalista que sostiene las democracias liberales contemporáneas no podría ser reducida a dicha lógica simbólico-discursiva. Y es que, si bien opera parcialmente mediante elementos discursivos, las estructuras socioeconómicas responden al mismo tiempo a una lógica fáctica o material: la necesidad humana universal de reproducir la propia vida biológica y cultural (las “condiciones de su vida material”) exige insertarse en la red de las relaciones socioeconómicas. Puesto que los recursos económicos y técnicos que hacen posible dicha reproducción estarían desigualmente repartidos, el ámbito económico sería marcadamente jerárquico, y la categoría de “clase” cumpliría el rol analítico de designar la posición ocupada en dicha jerarquía. Si bien los que ocupan una posición similar en la estructura socioeconómica pueden llegar a desarrollar creencias y prácticas compartidas (entre otras razones, por verse forzados a compartir las mismas condiciones de vida), mantener una identidad particular no sería una condición necesaria de la pertenencia a una cierta clase socioeconómica: dicha pertenencia dependerá exclusivamente de las tácticas que puedan desplegar los individuos en el espacio social en función de sus recursos, esto es, de qué lugares puedan asumir en las relaciones económicas al interior de su sociedad, ante la necesidad material de participar del “libre mercado”. Así, las diferencias entre una trabajadora mestiza de una fábrica textil y una empresaria blanca no se limitarían, como lo podría señalar la teoría de la interseccionalidad, a que la primera experimentaría el sexismo de un modo distinto, más radical, a causa de la acumulación de otras identidades oprimidas en su persona (su “raza” y su clase); incluso si imagináramos el caso idílico en el que todas sus identidades particulares llegaran a ser no solamente toleradas, sino reconocidas y apreciadas al interior de su sociedad, seguiría existiendo una asimetría fáctica entre ellas, relativa al papel que cada una desempeña en las relaciones de producción e intercambio. Asimismo, podemos reconocer que si la mujer blanca fuera una trabajadora de fábrica en una sociedad racista, probablemente tendría ventajas que su par mestiza no podría obtener, pero las medidas sociales y políticas necesarias para superar dicha situación en principio permanecerían en el plano de lo discursivo[1]; si se redujera el racismo lo suficiente como para que ambas tuvieran acceso a los mismos puestos de trabajo o recibieran los mismos beneficios laborales, su lugar en la estructura socioeconómica podría llegar a ser prácticamente idéntico (que, por supuesto, no quita que a la larga podría ser beneficioso para ciertos empresarios capitalistas mantener la asimetría: después de todo, en tales condiciones la trabajadora mestiza representaría una mano de obra más barata). Finalmente, ambas podrían tener concepciones de sí mismas radicalmente diferentes pese a su condición de trabajadoras textiles, o compartir una concepción tal que les impidiera reconocerse como miembros de una misma clase trabajadora (por ejemplo, ambas podrían verse a sí mismas como “emprendedoras”, como es tan común hoy en día[2]).

Así pues, la salida a los problemas derivados de las asimetrías en la estructura socioeconómica no podrá venir de un reconocimiento de cierta identidad de clase obrera, y la ausencia de dicha identidad no desmentirá la existencia fáctica de la clase. Como he tratado de explicar, tal asimetría se da a causa de una distribución desigual de los recursos que abren posibilidades de agencia en el ámbito socioeconómico (y eventualmente en la totalidad del marco sociopolítico), y no por la comprensión o la valoración que se tenga de cierta identidad, de ciertas creencias o ciertas prácticas subjetivas. Es por eso que la “clase” es una categoría que designa una condición objetiva. Tratar la problemática de la clase y plantearse la posibilidad de resolverla implica pensar las condiciones objetivas de nuestra sociedad, en concreto las estructuras socioeconómicas de la economía capitalista, y en las medidas concretas (políticas y económicas) que podrían reducir la asimetría de poder entre clases. Una de estas medidas, la primera y la más urgente, sería la de poner la cuestión de la clase trabajadora nuevamente en la palestra; solo creando una conciencia sobre la problemática de la clase este lugar fundamental en la lucha moderna por la emancipación dejará de aparecer como el terreno exclusivo de fuerzas objetivas impersonales, para mostrarse que, pese a su carácter objetivo, también tendría una dimensión subjetiva, en la que la acción de sujetos libres, que han tomado conciencia de su lugar en la estructura socioeconómica, puede dar pie a una verdadera transformación de la misma.

[1] Que no quita que pudiera haber trabas materiales que pudieran dificultar este trabajo en el ámbito de lo discursivo.

[2] La figura del emprendedor no solo es sintomática de una sociedad cuya comprensión de sí misma se reduce a lo mercantil, sino que no sería posible sin un marco político liberal (que en su faceta progresista predica de la boca para afuera su compromiso con la lucha por la igualdad y la autonomía) que reduce la esfera de la reivindicación democrática al ámbito de lo discursivo, inmunizando las estructuras socioeconómicas contra la crítica y la acción política, y proponiendo una comprensión de la política profundamente idealista (a la que le bastaría, por ejemplo, modificar nuestros usos lingüísticos para lograr transformaciones sociales). Las teorías de la interseccionalidad pueden tener a menudo la intención de vincularse con una posición anticapitalista, pero al asimilar la noción de clase al amplio catálogo de las identidades culturales particulares, acabaría alineándose con la ideología liberal.

2 thoughts on “En defensa de la lucha de clases

  1. Cuando dices, con respecto a la clase, que “tal asimetría se da a causa de una distribución desigual de los recursos [económicos y técnicos] que abren posibilidades de agencia en el ámbito socioeconómico”, dejas muchas puertas abiertas. Primero, ¿qué justifica la primacía de la clase? Lo que se dice casi es que en el ámbito de reproducción material de la estructura socioeconómica llamada capitalismo, lo que tiene un lugar analítico fundamental es aquella categoría que trata con la reproducción material: la clase. Pero se deja sin más análisis la dimensión discursiva del capitalismo, ¿cuál prima de las dos? ¿si son equivalentes qué aporta decir que la clase prima dentro de lo socioeconómico? Es como decir que tener útero o no prima, y es una condición objetiva, en el aspecto puramente biológico de que el capitalismo tenga que reproducir seres humanos.

    Por otro lado, en cuanto a dicha reproducción material, es claro que no solo en base a clase ocurren “distribuciones desiguales de los recursos [económicos y técnicos]…”. La asimetría de género tiene el mismo efecto (eg. salarios); la asimetría de raza también (eg. acceso a puestos de trabajo / zonas donde vivir). ¿Qué hacemos con recursos técnicos como el lenguaje? La distribución desigual de profesores en colegios públicos implica que una porción del país no tenga acceso al castellano de la élite (un recurso técnico), lo que, de nuevo, literalmente cierra posibilidades de agencia en el ámbito socioeconómico. ¿No son condiciones objetivas también estas?

    Es claro que hay algo particular en la clase: es inconcebible un discurso de ‘todos tengamos las mismas propiedades’ como no lo es ‘las mujeres y los hombres son iguales’ o ‘la raza no importa’. Sin embargo creo que quizás es mejor buscar casos límite: cómo en lugares donde hay menos diferencias identitarias igual se mantiene siempre un régimen de propiedad privada, de pocos, de la que muchos dependen. Otra opción sería establecer la primacía de la lógica material sobre la lógica discursiva. Como está dicho parece casi un gusto estético (que comparto) el querer que la clase tenga una relación con las fuerzas de producción cualitativamente distinta a otras como la raza o el género, y parece artificio de la separación original de lógica discursiva / lógica material.

    bendiciones papu espero tu respuesta y tus respectivas bendiciones.

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  2. Hola! Gracias por los comentarios y las preguntas, creo que me darán la posibilidad de desarrollar algo más ciertos puntos que la extensión del artículo no me permitía.

    1. Sobre la primera pregunta: creo que hay que pensar con mucho cuidado aquí la dialéctica entre lo material y lo discursivo (en realidad, creo que sería más preciso y más provechoso hablar de un ámbito ‘normativo’ antes que de uno discursivo). Lo primero es decir que cuando en el artículo hablo de “materialidad”, de condiciones y coacciones materiales u objetivas, etc., no me refiero al mismo tipo de objetividad con la que lidiamos al hablar de un fenómeno natural (atado a una lógica puramente causal). Las estructuras materiales aquí descritas tienen una relación compleja con lo normativo porque en cierto sentido, su raigambre es normativa; se trata, después de todo, de construcciones humanas, elaboradas según cierta racionalidad, de acuerdo a cierta reglamentación, y aprehender la complejidad de su funcionamiento exige más que limitarse a describirlas en tanto hechos empíricos. En ese sentido podríamos pensar las estructuras materiales como aquello que Hegel llamaba “espíritu (o pensamiento) objetivo”; el ser humano se diferencia de las bestias y del resto de la naturaleza porque produce de manera reflexiva las propias estructuras que lo determinan (en ese sentido muy concreto sería “libre”, pues se “autodetermina”). La cuestión, entonces, es si la modificación de dichas estructuras, de estas “normas sedimentadas”, es algo que puede lograrse puramente en el nivel de lo simbólico: ¿basta con reinterpretar el sentido del capitalismo, de sus “reglas de juego”, para transformarlo? ¿con cambiar la autocomprensión de los que participan de la red de las relaciones socioeconómicas capitalistas? ¿O exigirá modificaciones más “tangibles”, como legislaciones, regulación estatal e institucional, redistribución económica, etc.? Ahora, es evidente que incluso estas modificaciones más “materiales” no se escinden del todo de un entramado normativo, pero sería errado aproximarse a los hechos sociales exclusivamente en dichos términos; por eso la dialéctica entre lo material y lo normativo debe pensarse con mucha precisión. Ahora, hasta aquí, supongo que se me podría señalar que las reivindicaciones de tipo identitario-cultural también exigirían intervenciones concretas “materiales”. Aprovecho para conectar con el segundo punto.

    2. Es justamente porque enfrentar los problemas relativos a la lucha por la igualdad exige siempre intervenciones de ese tipo que incurrir en un monismo cultural o discursivo resulta problemático. Ahora, creo que la cuestión esencial es preguntarse qué modificaciones pueden darse en las normas sociales sin exigir grandes modificaciones de las estructuras socioeconómicas (y, por ende, en sus jerarquías). ¿Cuáles asimetrías de poder son necesarias para la reproducción material de las sociedades capitalistas, y cuáles son contingentes? ¿Puede el capitalismo funcionar sin discriminación lingüística o cultural, sin sexismo o sin racismo? No basta con responder que el capitalismo se beneficia de las asimetrías de poder, pues eso es demasiado evidente; la cuestión sería si el trabajo que cumplen los individuos en los márgenes de las sociedades capitalistas exige que pertenezcan necesariamente a cierto grupo identitario, o si basta con que alguien cumpla dicho trabajo. Yo me inclino a pensar esto último, y creo que en ese sentido las asimetrías identitarias podrían ser pensadas como contingentes a las estructuras socioeconómicas, mientras que las asimetrías de clase le son necesarias; es por eso que considero que la problemática de la clase tiene un lugar más fundamental que las problemáticas identitarias en las sociedades contemporáneas. (Por cierto, la cuestión de si el lenguaje es un recurso técnico me resulta muy interesante, pero no me parece tan evidente; si bien en tanto medio de coordinación de las acciones sociales el lenguaje es condición de posibilidad de toda relación social, no se si podríamos reducirlo al status de herramienta; por otro lado, si bien una cierta lengua o cierta forma de hablar una lengua puede ser un signo distintivo o brindar cierto capital cultural al interior de una sociedad, sigo manteniendo que lo que debemos preguntarnos es si dicha distinción es necesaria para mantener al capitalismo operativo, o si eventualmente puede valerse de otras para funcionar.)

    Aquí podríamos volver a la cuestión de la dialéctica entre lo material y lo normativo: ¿qué transformaciones pueden darse en un nivel sin alterar el otro? Pienso que hay ciertos cambios que pueden darse en el nivel normativo sin modificar en gran medida las estructuras materiales, pero hay otras transformaciones normativas que no pueden darse si las condiciones objetivas no han “madurado” lo suficiente (de ahí la crítica que Marx hacía a los hegelianos de izquierda, que a menudo parecían sugerir que si bastaba dejar de creer en el Estado para hacerlo caer… y que creo que aplica a muchas medidas bienintencionadas de los movimientos identitarios, como el lenguaje inclusivo [ver: http://rpp.pe/cultura/mas-cultura/analisis-es-sexista-usar-genero-masculino-en-todos-los-casos-noticia-1026443%5D%5D. Personalmente, pienso que ese nivel de idealismo en la lucha por las reivindicaciones sociales es sintomático del abandono de la problemática de la clase y de la búsqueda de una alternativa al capitalismo). La pregunta que valdría la pena hacerse es si ciertos cambios en el estrato normativo podrían ayudar a dicha “maduración”; yo me aventuraría a decir que en algunos casos sí.

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