Un problema de confianza: “andar a la defensiva”

Por Hernán Aliaga

 “Andar a la defensiva” es, quizá con seguridad, uno de los rasgos que mejor define el modo en que nos movemos en el espacio público de la ciudad. Sintetiza la puesta en marcha de una estrategia de autopreservación ante la incertidumbre conductual del otro, de los otros. La estrategia parece funcionar: el malpensado se equivoca tanto como el cándido, pero sufre menos. Una suerte de conciencia trágica a la peruana evita el desvarío de creer que todo saldrá bien, menos por asedio de un destino empecinado en cumplirse que por la soberana voluntad de los otros impredecibles. Desconfiamos, no por vocación, sino por idiosincracia.

Como todo púgil sabe, la posición de guardia es una forma de defensa pasiva que implica no sólo la disposición de los puños sino también la de las piernas. Es clave, por ello, tanto la pertinaz protección de los puntos vulnerables como la agilidad de las extremidades y la flexibilidad del torso. “Andar a la defensiva” conlleva, por tanto: posición de resguardo, agilidad de desplazamiento y flexibilidad para esquivar; coloquialmente: “tener cintura”. Esta interiorizada lógica adversarial, da pie a un saber social cristalizado en la idea de “tener calle”. Propiedad -esta última- del individuo asimilado a la ciudad, de quien ha internalizado los códigos y descorrido el velo de infantil ingenuidad ante un afuera que revela sus demandas.

Se pone en marcha entonces una racionalidad que dispone un clima de perenne precaución, de sospecha metódica, de presunción de maldad, de profiláctico recelo ante el otro desconocido. El espacio público se percibe como un campo minado en el que hay que aprender a moverse, un entorno de incertidumbre y caos que repliega anímicamente a los sujetos hacia los espacios familiares y las pequeñas tribus[1], tanto como hacia los refugios de oropel en los que la confianza se hace mercancía[2] y los agentes, “personas jurídicas” con real acceso al reclamo[3]. Entornos de confianza, donde la subjetividad puede distenderse y saberse a buen recaudo, no sólo de una primaria muerte violenta, sino de agresiones y microviolencias cotidianas: historias mínimas de ofensas, abusos, estafas y humillaciones que curten la piel del peruano y constituyen subjetividades resilientes, desconfiadas y agresivas (pues un buen púgil no lo descarta nunca: el ataque es una buena defensa).

pnp

Créditos de la imagen: Jóvenes enlazando alternativas

Sin ser idéntica en todas las clases sociales, considero que esta actitud es dominante y transversal a todas ellas. La desconfianza se aprende y la calle la enseña, pero algunas calles enseñan mejor y más rigurosamente que otras. Aunque los indicadores de desconfianza interpersonal y en las instituciones en los últimos años en el Perú no permiten todos los análisis desagregados que se desearía, cabe suponer que la desconfianza se agudiza en espacios de precariedad legal, con frecuencia pobres y/o caracterizados por la confluencia de actores cultural, económica, religiosa o educativamente diferentes y/o desiguales[4]. Espacios en los que la desconfianza es tanto más intensa cuanto más exquisito y depurado el saber social que permite manejarse adecuadamente en ellos. El achorado, el faite, el criollo, el pícaro, el pendejo, y otros, emergen como detentores de este saber social: “saben hacerla”, “tienen calle” y fluyen como escualos en su elemento. Siendo productos de un entorno de desconfianza son, a su vez, conspicuos reproductores de un entorno de esta característica.

Si la calle se erige como un lugar de ley vacilante, ello es principalmente porque se trata del reflejo de un aparato estatal institucionalmente rengueante, políticamente desacreditado, ineficiente, burocrático y carcomido por la corrupción. Dadas estas condiciones, al margen de las orgánicas interacciones familiares y de tribu, sólo una interacción social formal y eficientemente regulada parece ofrecer las garantías suficientes para constituirse en un oasis de confianza: la transacción financiera. La confianza en ella es la confianza en el valor del dinero como dispensador de derechos y ciudadanía. La incertidumbre puede ser combatida una vez se descubre que esta es inversamente proporcional al monto invertido. Clínicas, colegios particulares, institutos superiores, universidades, marcas de calidad “garantizada” -eje reputacional de cualquier empresa a escala global- se tornan en catalizadores esenciales de las necesidades de confianza. El consumo es el ejercicio de esta suerte de ciudadanía de la billetera.

Una sociedad que ha canalizado la confianza social por el estrecho cauce de la transacción financiera (locus amoenus de nuestros liberales) puede constituir una sociedad de consumidores, pero en modo alguno una verdadera república de ciudadanos. Ella demanda para el tema que nos compete, la generación de una circularidad virtuosa entre sistemas legales eficientes: refuerzo estratégico de la efectividad de la ley, de un lado y la generación de confianza como eje nodal del capital social, por otra. Noble efecto que se traduce en un retorno incrementativo de eficacia estatal y legitimidad. Tal como Uslaner & Rothstein (2005) y Uslaner (2007) se encargan de demostrar, ello sólo es posible reduciendo la desigualdad y combatiendo la desconfianza a partir de la generación de programas sociales universales.

Sólo entonces la calle nos firmará una tregua.

Referencias:

  • Honneth, Axel (2014). El derecho de la libertad. Esbozo de una eticidad democrática. Katz: Madrid
  • Uslaner, Eric M. (2007). Corruption, Inequality and Trust en The Handbook of Social Capital, editado por Gerd Tinggaard Svendsen y Gunnar Lind Haase Svendsen, London: Edward Elgar 1- 24
  • Uslaner, Eric M. y Rothstein, Bo (2005) All for all: Equality and Social Trust en World Politics, 58 (1), 41-72

[1] Según el World Values Survey 2010-2014, sólo un 8.1% confía poco o nada en su familia mientras que quienes consideran que hay que ser muy precavidos con las otras personas asciende a 90.5%.

[2] Al respecto un articulista del diario Gestión se preguntaba cuánto vale la confianza. Concluye que en el Perú se trata de un bien escaso y por tanto debe tener un valor [monetario] “bastante apreciable” (Gestión, 9 de Marzo del 2015)

[3] Podríamos forzar un poco el desarrollo que lleva a cabo Honneth (2014) al tratar el tema de “patologías de la libertad jurídica”, rescatando la intención de los agentes por encerrarse en espacios juridificados (en su “carcasa de derechos subjetivos”), huyendo de aquellos contextos comunicativos informalmente regulados por valores, normas y costumbres compartidas. La pérdida es equiparable pues los agentes se ven progresivamente incapacitados para tematizar todo aquello que no pueda articularse jurídica y monetariamente, por ejemplo: la desconfianza social. Véase al respecto Honneth (2014: 119 y ss.)

[4] El Latinobarómetro, con todas sus limitaciones, se encarga de señalarlo: la desigualdad es la principal fuente de desconfianza. Véase La confianza en América Latina 1995 – 2015: 20 años de opinión pública latinoamericana.

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