Sobre la inercia de la apatía política en la universidad peruana

Por Noemí Ancí

Ya en la década del noventa era posible proyectar la relación que vemos hoy en día entre la universidad y la política en Latinoamérica. En un intento de explicar las causas del decaimiento del activismo político universitario (Levy, 1991), se analizaron dos posibles contextos en los que era probable encontrar el inicio de este proceso: uno macropolítico y otro relacionado con la transformación de la educación superior. En el primer contexto, tres posibles factores podrían haber influido en el proceso de despolitización de las universidades, los cuales están referidos al impacto de los gobiernos autoritarios, la redemocratización de la política nacional, y el descenso de la fuerza de la izquierda a nivel internacional. Así, desde este contexto, el decaimiento del activismo comienza con las políticas de represión instauradas por los gobiernos autoritarios que tenían como finalidad evitar la formación al interior de las universidades de movimientos sociales suficientemente fuertes que representen una real oposición política. El decaimiento continúa con el retorno a la democracia nacional que, en la mayoría de los casos en Latinoamérica, estuvo acompañada de crisis económicas que generaron un cambio en el objetivo de lucha de los estudiantes, quienes concentraron su protesta en finalidades relacionadas con su auto-subsistencia –como el alza de precios de las matrículas o las cafeterías–, y no tanto ya en las acciones del gobierno. Asimismo, el impacto que generó la caída de los regímenes comunistas a nivel internacional después del fin de la Guerra Fría, hizo que la fuerza ideológica de los grupos universitarios de izquierda se difumine a través de la desconfianza y la pérdida de optimismo. Por otra parte, en el contexto de la educación superior, se produjeron una serie de transformaciones que conllevaron al descenso del activismo universitario. Factores como el incremento del número de estudiantes, la privatización de las universidades y la creación de nuevas formas de instituciones educativas generaron una fragmentación al interior de las universidades, proceso que obstaculizó la formación de un sentimiento de comunidad y de intereses compartidos, y la posibilidad de encontrar a líderes representativos, todo lo cual empezó a diluir la construcción de una cultura unificada de estudiantes.

En el caso peruano en particular, la posibilidad de repensar el problema de la relación entre la universidad y la política ha resurgido desde hace algún tiempo no solo en el contexto jurídico a partir de la entrada en vigencia de la Nueva Ley Universitaria, sino también recientemente en el espacio de la opinión pública a partir de sucesos como el que ocurrió días atrás en la entrevista entre la periodista Patricia del Río y el dirigente estudiantil Jorge Huamán de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, a propósito de la protesta que se realizó hace unas semanas en esta institución por el cobro a los estudiantes, por parte de la administración de la universidad, de pagos que aparentemente estaban siendo condicionados a la matrícula. Por detrás del hecho de que es evidente que la reacción de la periodista fue excesivamente irrespetuosa y alejada de la realidad de muchos estudiantes peruanos, está la idea de lo que significa hoy en día la universidad peruana para un sector influyente de la población, idea sobre la cual se mantienen discursos dominantes como del que fuimos testigos durante la mencionada entrevista. Esta idea hace pensar que, muy aparte de las explicaciones sociológicas vistas en el análisis latinoamericano, el abismo entre la universidad y la política se acrecienta cada vez más en nuestro contexto debido a la transformación del significado de la universidad en nuestro país y del papel que tienen o que deberían tener los estudiantes universitarios en la sociedad peruana.

Ante la pregunta sobre la función que debe cumplir la universidad, un amplio sector –que parece expresar una tendencia mayoritaria en nuestro país– considera que la universidad debe tener como función principal educar a excelentes profesionales con una alta capacidad técnica, la cual tiene como objetivo directo el aseguramiento de su futura inserción en el mercado laboral y su participación activa en el desarrollo económico del país. Ejemplos de esta concepción los podemos encontrar en la propia nueva Ley Universitaria, que tiene como finalidad la fiscalización del incremento de la calidad de la educación, pero sin plantear una clara distinción entre una universidad-negocio y una auténtica universidad. No obstante, también podemos encontrar otros ejemplos en manifestaciones mucho más sutiles como las que se evidencian al analizar aquellos comentarios que se burlan o exacerban la figura de un estudiante universitario que protesta como alguien que hace “laberintos”, o lo que es peor, como un terrorista. En el fondo, estas expresiones lo único que hacen es reducir la figura del estudiante universitario como alguien que debe limitarse justamente a “estudiar”, o lo que en otras palabras quiere decir, capacitarse técnicamente y desarrollar una serie de habilidades, las cuales están diseñadas por supuesto de acuerdo a los requerimientos del mercado. Concepciones como estas olvidan –o en todo caso, les conviene olvidar– que la universidad cumple también una función social o cultural, e incluso cívica, que le otorga un “papel de referente crítico que puede y debe asumir ante cuestiones que preocupan a la ciudadanía y para las que la universidad puede aportar, además de soluciones, ideas y propuestas fundamentadas y contribuir así a la formación de la opinión pública” (Furió, 2010).

Paradójicamente, son los mismos estudiantes los que olvidan este aspecto tan importante de la universidad, lo que se expresa en el hecho de que cada vez menos –sobre todo aquellos que pertenecen a universidades privadas– participan en auténticos movimientos políticos o son promotores de luchas de fuerte impacto social. Si bien, hay algunos ejemplos que nos pueden servir como excepciones, lo cierto es que la gran mayoría se deja llevar por la inercia de la apatía política o a lo mucho unos cuantos utilizan estratégicamente las contingencias políticas surgidas al interior de la universidad como un “trampolín a la fama”. En este escenario, es imprescindible que se revalorice el sentido de los estudiantes universitarios como participantes en la constitución del espacio social, y para ello es necesario que sean ellos mismos los que empiecen por redefinir la concepción de la universidad en la sociedad peruana. La cuestión que queda pendiente es cómo lograr la integridad universitaria y la reconstrucción de una cultura política unificada que asegure la institucionalidad de la protesta social universitaria y que le otorgue fuerza.

Referencias

Levy, D. C. (1991). The Decline of Latin American Student Activism. Higher Education, Vol. 22, No. 2, Student Political Activism and Attitudes (Sep., 1991), pp. 145-155

Furió, A. (2010). El futuro de la universidad. Pasajes, No. 33 (Otoño 2010), pp. 6-19

Créditos de la imagen: Ojo Público.

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